Amigos, amigas: no sé ustedes, pero yo estoy harto. ¿De qué?Del cambalache político y del insufrible carnaval electoral que nos agobia desde hace meses.De las declaraciones para la tribuna y de las promesas incumplidas de los payadores de saco y corbata.De la incoherencia de los que están (¡y no se quieren ir!) y de la desvergüenza de los que estuvieron (¡y quieren volver!).De los jóvenes con mentalidad de viejos y de los viejos rejuvenecidos para la foto que igual atrasan veinte o treinta años. De los acomodaticios de todas las edades, credos y tendencias y de los acomodadores profesionales que se dan vida mutuamente. De los paracaidistas de última hora y de los garrochistas habilísimos en el arte de saltar de una tienda a otra detrás de la zanahoria prometida. De los moralistas de boquilla que barren hasta con el polvo de la alfombra y de los que miran para el costado y reivindican el “no te metás”.De los dirigentes domesticados y de los candidatos marionetas a los que se les ven los “hilos” y a sus titiriteros (¡cuándo no!) la “hilacha”.De las denuncias juduciales que rebotan en la puerta de los juzgados y se transforman en cacareo mediático y descrédito para la mal llamada “clase política”. De los “figurettis” que se venden a sí mismos como prodigios empresariales y no saben redactar una carta ni decir “hello”. De los que nos toman por ignorantes o desmemoriados, o, lo que es peor, por estúpidos contumaces. De los populistas que se lavan las manos y la cara después de saludar a sus eventuales votantes. De los neo-revolucionarios que antes frecuentaban cuarteles y viajaban en jeeps verde oliva y ahora andan con la camiseta del Che Guevara y hacen gárgaras de progresismo barato. De que nos cobren impuestos como si viviéramos en Mónaco y nos brinden servicios comparables a los de Sri Lanka.De los buenos que no se enfrentan a los malos por temor al qué dirán. De la falta de humildad de quienes meten la pata y son incapaces de reconocer sus errores y mucho menos subsanarlos. De los ineptos con diploma que son capaces de chocar hasta una calesita encepada y no tienen vergüenza de ofrecerse para manejar la empresa de todos (¡la Intendencia!)Pero, ¿saben qué? El hartazgo puede ser bueno. Puede convertirse en una fuerza verdaderamente transformadora si muchos de nosotros sentimos lo mismo y no nos quedamos en la queja o en la mera lamentación preelectoral. Si muchos de nosotros, armados de ese maravilloso y poderoso instrumento que es el voto, elegimos gente honesta, capaz, conocida y reconocida por todos, en base a su calidad moral e intelectual, y no a los espejitos de colores que nos puedan llegar a ofrecer, estaremos haciendo algo mucho más importante que elegir intendente, ediles o alcaldes. Estaremos transformando nuestra calidad de vida. Estaremos operando un cambio ético y cultural mucho más profundo que poner a fulano o sacar a mengano. Si cambiamos nuestra forma de ejercer el voto y, más que practicar, vivimos la democracia en forma distinta a como venimos haciéndolo hasta ahora, estaremos cambiando el sistema. Por eso, el próximo 9 de mayo, vote con la cabeza. Estudie cada lista, cada candidato, cada propuesta. Averigüe quién está detrás. Infórmese. Elija gente como usted, gente en la que pueda confiar, a la que le prestaría el auto o le confiaría las llaves de su casa. Gente así (y de la otra) hay en todo los partidos. Separe los tantos y apoye a los buenos. Póngase de su lado. Participe. Pregunte. Investigue. Y, finalmente, vote.
martes, 27 de julio de 2010
HARTO
Por Gustavo Toledo
Amigos, amigas: no sé ustedes, pero yo estoy harto. ¿De qué?Del cambalache político y del insufrible carnaval electoral que nos agobia desde hace meses.De las declaraciones para la tribuna y de las promesas incumplidas de los payadores de saco y corbata.De la incoherencia de los que están (¡y no se quieren ir!) y de la desvergüenza de los que estuvieron (¡y quieren volver!).De los jóvenes con mentalidad de viejos y de los viejos rejuvenecidos para la foto que igual atrasan veinte o treinta años. De los acomodaticios de todas las edades, credos y tendencias y de los acomodadores profesionales que se dan vida mutuamente. De los paracaidistas de última hora y de los garrochistas habilísimos en el arte de saltar de una tienda a otra detrás de la zanahoria prometida. De los moralistas de boquilla que barren hasta con el polvo de la alfombra y de los que miran para el costado y reivindican el “no te metás”.De los dirigentes domesticados y de los candidatos marionetas a los que se les ven los “hilos” y a sus titiriteros (¡cuándo no!) la “hilacha”.De las denuncias juduciales que rebotan en la puerta de los juzgados y se transforman en cacareo mediático y descrédito para la mal llamada “clase política”. De los “figurettis” que se venden a sí mismos como prodigios empresariales y no saben redactar una carta ni decir “hello”. De los que nos toman por ignorantes o desmemoriados, o, lo que es peor, por estúpidos contumaces. De los populistas que se lavan las manos y la cara después de saludar a sus eventuales votantes. De los neo-revolucionarios que antes frecuentaban cuarteles y viajaban en jeeps verde oliva y ahora andan con la camiseta del Che Guevara y hacen gárgaras de progresismo barato. De que nos cobren impuestos como si viviéramos en Mónaco y nos brinden servicios comparables a los de Sri Lanka.De los buenos que no se enfrentan a los malos por temor al qué dirán. De la falta de humildad de quienes meten la pata y son incapaces de reconocer sus errores y mucho menos subsanarlos. De los ineptos con diploma que son capaces de chocar hasta una calesita encepada y no tienen vergüenza de ofrecerse para manejar la empresa de todos (¡la Intendencia!)Pero, ¿saben qué? El hartazgo puede ser bueno. Puede convertirse en una fuerza verdaderamente transformadora si muchos de nosotros sentimos lo mismo y no nos quedamos en la queja o en la mera lamentación preelectoral. Si muchos de nosotros, armados de ese maravilloso y poderoso instrumento que es el voto, elegimos gente honesta, capaz, conocida y reconocida por todos, en base a su calidad moral e intelectual, y no a los espejitos de colores que nos puedan llegar a ofrecer, estaremos haciendo algo mucho más importante que elegir intendente, ediles o alcaldes. Estaremos transformando nuestra calidad de vida. Estaremos operando un cambio ético y cultural mucho más profundo que poner a fulano o sacar a mengano. Si cambiamos nuestra forma de ejercer el voto y, más que practicar, vivimos la democracia en forma distinta a como venimos haciéndolo hasta ahora, estaremos cambiando el sistema. Por eso, el próximo 9 de mayo, vote con la cabeza. Estudie cada lista, cada candidato, cada propuesta. Averigüe quién está detrás. Infórmese. Elija gente como usted, gente en la que pueda confiar, a la que le prestaría el auto o le confiaría las llaves de su casa. Gente así (y de la otra) hay en todo los partidos. Separe los tantos y apoye a los buenos. Póngase de su lado. Participe. Pregunte. Investigue. Y, finalmente, vote.
Amigos, amigas: no sé ustedes, pero yo estoy harto. ¿De qué?Del cambalache político y del insufrible carnaval electoral que nos agobia desde hace meses.De las declaraciones para la tribuna y de las promesas incumplidas de los payadores de saco y corbata.De la incoherencia de los que están (¡y no se quieren ir!) y de la desvergüenza de los que estuvieron (¡y quieren volver!).De los jóvenes con mentalidad de viejos y de los viejos rejuvenecidos para la foto que igual atrasan veinte o treinta años. De los acomodaticios de todas las edades, credos y tendencias y de los acomodadores profesionales que se dan vida mutuamente. De los paracaidistas de última hora y de los garrochistas habilísimos en el arte de saltar de una tienda a otra detrás de la zanahoria prometida. De los moralistas de boquilla que barren hasta con el polvo de la alfombra y de los que miran para el costado y reivindican el “no te metás”.De los dirigentes domesticados y de los candidatos marionetas a los que se les ven los “hilos” y a sus titiriteros (¡cuándo no!) la “hilacha”.De las denuncias juduciales que rebotan en la puerta de los juzgados y se transforman en cacareo mediático y descrédito para la mal llamada “clase política”. De los “figurettis” que se venden a sí mismos como prodigios empresariales y no saben redactar una carta ni decir “hello”. De los que nos toman por ignorantes o desmemoriados, o, lo que es peor, por estúpidos contumaces. De los populistas que se lavan las manos y la cara después de saludar a sus eventuales votantes. De los neo-revolucionarios que antes frecuentaban cuarteles y viajaban en jeeps verde oliva y ahora andan con la camiseta del Che Guevara y hacen gárgaras de progresismo barato. De que nos cobren impuestos como si viviéramos en Mónaco y nos brinden servicios comparables a los de Sri Lanka.De los buenos que no se enfrentan a los malos por temor al qué dirán. De la falta de humildad de quienes meten la pata y son incapaces de reconocer sus errores y mucho menos subsanarlos. De los ineptos con diploma que son capaces de chocar hasta una calesita encepada y no tienen vergüenza de ofrecerse para manejar la empresa de todos (¡la Intendencia!)Pero, ¿saben qué? El hartazgo puede ser bueno. Puede convertirse en una fuerza verdaderamente transformadora si muchos de nosotros sentimos lo mismo y no nos quedamos en la queja o en la mera lamentación preelectoral. Si muchos de nosotros, armados de ese maravilloso y poderoso instrumento que es el voto, elegimos gente honesta, capaz, conocida y reconocida por todos, en base a su calidad moral e intelectual, y no a los espejitos de colores que nos puedan llegar a ofrecer, estaremos haciendo algo mucho más importante que elegir intendente, ediles o alcaldes. Estaremos transformando nuestra calidad de vida. Estaremos operando un cambio ético y cultural mucho más profundo que poner a fulano o sacar a mengano. Si cambiamos nuestra forma de ejercer el voto y, más que practicar, vivimos la democracia en forma distinta a como venimos haciéndolo hasta ahora, estaremos cambiando el sistema. Por eso, el próximo 9 de mayo, vote con la cabeza. Estudie cada lista, cada candidato, cada propuesta. Averigüe quién está detrás. Infórmese. Elija gente como usted, gente en la que pueda confiar, a la que le prestaría el auto o le confiaría las llaves de su casa. Gente así (y de la otra) hay en todo los partidos. Separe los tantos y apoye a los buenos. Póngase de su lado. Participe. Pregunte. Investigue. Y, finalmente, vote.
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